viernes, 30 de enero de 2015

Olga


Olga Dragnic. Tomada del blog de John Lindarte
CORRÍA EL AÑO MAYOR de 1989. El 27 de febrero, hubo una batalla campal en Puerta Tamanaco (Plaza Venezuela) que inicio a las 5 pm y no terminó sino hasta pasadas las 8. Justo antes de comenzar, me encontré con Olga camino a una clase que nunca se dio: nadie pudo entrar, nadie pudo salir. Era el corolario de un día muy bizarro, que hundió sus secuelas en el futuro y del que ya hacen 25 años.

Yo hacía pasantías en la Dirección de Comunicaciones de la Universidad. Apenas sabía hacer lo básico: unas noticias y unas reseñas que Olga me había enseñado a componer el semestre anterior, y que me costaron muchísimo, porque no entendía en razón de qué había que hacer economía de la información, ahorrarse adjetivos y escribir del modo más sencillo posible. “Esta técnica es un zapato chino” me decía, “es para aprender y luego olvidar”, no fue sino después que descubrí que los reporteros de radio la tienen como estructura mental para organizar la información, cuando descubrí algo que siempre le digo a mis muchachos: el periodismo no es una forma de escribir, es una forma de pensar.

Olga nos ponía a reflexionar, siempre, sobre la incidencia de nuestro oficio en la construcción de la sociedad. Unía –crítica mediante- los saberes heredados de la escuela de Chicago (Frazer Bond, Berelson, et allia), con los enfoques de la teoría crítica o el marxismo crítico. Con ella leí a Althusser, a Luckacs,  y a otros pensadores del entonces segundo mundo. Con ella aprendí que el periodista es un intelectual público y que no hay oficio más político que este.

Con Olga siempre tuve debate intelectual. Exigente, crítica, pero a la vez canónica, clásica, fueron buenas las conversas sobre postestructuralismo, postmodernidad, filosofía, ética y estética, entre otros muchos temas, que me nutrieron y contribuyeron a que yo aprendiera a conocer por la diferencia, saber que nace de una vocación: la de construir sentido común, que es, lo digo siempre a mis alumnos, a lo que nos dedicamos.

Olga había cubierto cultura y había conocido a Sofía Imber, la respetaba aun a  pesar de sus diferencias ideológicas. Comunista convicta y confesa, viuda de Federico Álvarez, puedo dar fe de que se mantuvo siempre amiga de sus amigos, aun a pesar de la división política en el país. De hecho, fueron Olga y Federico quienes mejor me hicieron comprender que un comunista de verdad vive en una suerte de “espiritualidad atea” que resulta paradójica, pero que nos ilustra en la idea de que las ideologías son credos de la razón.

Apoyaba al proceso, mediante argumentos que pude comprender, pero no aceptar. Una vez saliendo del IPP me la conseguí, y ella comentó, con nostalgia:

-- Yo no comprendo cómo puede haber amigos nuestros, gente seria y bien formada, que apoyen esto (se refería a la oposición)
-- Eso mismo –dije- nos preguntamos nosotros, de ti (me refería al proceso).

La verdad, esa fue la primera y última vez que tocamos el tema de forma tan explícita.

La última vez que la vi fue para el aniversario 35 de la revista Comunicación, cuando presentamos el libro Prácticas y Travesías de la Comunicación en América latina. Yo la invité, le dije que me encantaría verla. Y ella fue, me escuchó -no sin disgusto- leer una carta de Tulio Hernández en salutación por el aniversario, donde lanzaba algunas andanadas al régimen. Al terminar la presentación se me acercó, me dio un abrazo y me dijo “bueno, ya vine y ya me voy.” Le agradecí, de veras, pues puso a un lado sus reservas y sus diferencias y fue a celebrar un logro importante con un antiguo alumno,  ¿qué podía valer en ese instante, más que eso? Lamenté mucho no verla en las Jornadas de Periodismo Interpretativo Federico Álvarez, que hizo la Escuela de la central en julio de 2012, porque hubiera podido retribuirle su gesto, con todo el afecto y la admiración que me mereció siempre. Recién ahora me entero que formó parte del jurado que le concedió el Premio Nacional de Periodismo postmortem a Hugo Chávez... Cómo lamento este tiempo tan cruel que pone pruebas tan duras a la amistad.

Soy periodista por todo lo que aprendí de Olga Dragnic, Ella permanece en las enseñanzas que heredé y que transmito a mis alumnos, mis futuros colegas, como siempre les digo.

sábado, 12 de julio de 2014

Un mal chiste

NO SUELO USAR este espacio para manifestar mi enojo en forma personalizada: siento yo que hay demasiada palabra sin sindéresis por ahí suelta, que sumarme al coro implica restarme de otro lado, y no estoy para operaciones  básicas.
Pero acabo de ver completo el video de 1:47, con el cual el querido grillo Briceño promociona su programa de tv digital Reporte Semanal, que es donde Ramón José Medina dice la frase: "Bueno, para sacarlo de la cárcel no tenemos ningún plan, porque el único que inventó el plan para estar en la cárcel fue él mismo. Entonces él fue el que se entregó; entonces es complicado sacarlo de la cárcel, es complicado”.
Uno pudiera aceptar que eso es un mal chiste, incluso pudiera aceptar como bueno el mea culpa de Ramón José Medina, Secretario adjunto de la  MUD, si no fuera porque resulta un acto fallido, que en política son peores que descubrir a alguien mintiendo, o incurso en algún episodio de doble moral.
Un acto fallido de Medina, entiéndaseme bien, significa que en algún momento, éste se lo escuchó a alguien decir, y lo reprodujo casi que de forma automática, en un formato de talk show, con lo cual además, confundió el talk show con el sit com. ¿Es así como realmente piensa la MUD? ¿Es así como realmente piensa PJ? No lo sabemos, porque Medina se disculpó fue con la familia de Leopoldo , pero luego instó a pasar la página alegando que “hay temas más relevantes en la unidad”, con lo cual vuelve a quedar difusa la frontera entre el interés personal y el interés político: otro acto fallido.
Creo que seguir el diálogo de Leopoldo López con Fernando Mires, a través de sus cartas publicadas en Prodavinci, resulta mejor para pensar en la hora, que la hermenéutica de las emisiones de Medina, más dignas de un arúspice que de un escribidor.  A López no dejo de considerarlo un caudillo, exageradamente personalista, perforador de organizaciones y lo suficientemente voluntarista e irresponsable como para lanzar una organización por el precipicio en función de tener la mejor posición.  Primero Justicia tampoco ha ocultado nunca su vocación de poder, pero no solidarizarse con la suerte de un dirigente opositor, por muy sui generis que este sea,  es exponerse a que en otra ronda del vaivén de la política, alguien le diga como se le dijo en su oportunidad a José Albornoz, ex PPT y ahora Avanzada Progresista, cuando fue destituido de la segunda vicepresidencia de la AN en 2010: “verdugo ni chilla ni pide clemencia”.
Yo retomo la pregunta que plantee en mi artículo de El Nacional de hoy, en carta a Henri Falcón: ¿una transición con preservación del statu quo, o una transición con sustitución del statu quo? No es un dilema fácil, tampoco es un dilema que atañe solo a los jerarcas de los partidos representados ante el CNE, de allí que más allá de las discusiones internas, es necesario que haya escenarios , que haya espacios de encuentro y que haya deliberación pública entre todos los sectores, para trazar un rumbo con suficiente compromiso.
No podemos despachar la constituyente por la falacia de apelación de autoridad, como tampoco podemos despachar la transición con preservación de statu quo, en alianza del gobierno con la oposición (¿Ugalde dixit?), como tampoco podríamos desestimar el Congreso de Ciudadanos, si supiéramos a ciencia cierta de qué va.  Resultará siempre más fácil tener una posición, someterla a prueba, defenderla y ganar o perder, que construir una posición colectiva común.

Lamentablemente, Medina hace malos chistes frente a una hora muy triste: espero que el 6% de la población venezolana, lanzada a la diáspora, las familias de los muertos por la violencia se lo sepan reír a carcajadas.

jueves, 27 de febrero de 2014

"El lado correcto de la historia"

AQUÍ ESTAMOS, veinticinco años después del caracazo, otra vez contando víctimas y señalando culpables.
Aquí estamos, con ocho millones de venezolanos que no pasan del 7° grado.
Con una de las tasas de criminalidad más altas del mundo. Con más muertos que en la guerra de Bosnia, con casi tantos muertos que en la guerra civil de Siria, con tres de las ciudades más violentas del mundo.
Con una de las tasas de inflación más altas del mundo.
Con un desempleo galopante y un subempleo sometido a los designios de la burocracia mandante.
Con mafias delictivas que controlan a la población y la aterrorizan, en beneficio del gobierno.
Con precarios servicios públicos en todos los órdenes de la vida.
Con corrupción generalizada, en todos los órdenes de la administración pública.
Con la renta petrolera convertida en una ilusión, pues ¿cómo es posible que con los precios petroleros más altos de la historia tengamos esta situación de desabastecimiento, de inflación y de penuria para todos, salvo para los burócratas, los “enchufados” del régimen?
Con el país convertido en bandos, uno mandante y los otros dos excluidos, bien por oposición o bien por no haber hecho el trabajo de constituirse en bando: la mayoría silenciosa que espera el contacto, pero que no ha sido capaz de generar su propia opción.
Con la protesta criminalizada y una represión creciente, mandada por la burocracia cívico-militar.
Sujetos a la injerencia de una nación extranjera, ya no por la vía cultural, sino por la vía administrativa: con cubanos mandando en todos los órdenes de la vida del país.
Divididos como nación, en una situación general de “sálvese el que pueda”.
Alejados de las oportunidades de desarrollo en el marco de la globalización.
Sin perspectiva de futuro para todos.

En estos últimos veinticinco años hemos buscado la vía para el cambio político y social general: una rebelión social en 1989; dos golpes de estado en 1992; la renuncia de un presidente en 1993; una Constituyente en 1999; una rebelión que terminó en un golpe de estado en 2002; un paro nacional en 2003; un referéndum revocatorio en 2004; un referéndum negatorio de una amplia reforma a la constitución de 1999 en 2007, una enmienda constitucional para la reelección indefinida en 2008.
Entre 1998 y 2014  hemos tenido quince años de elecciones para diversos cargos de representación popular que han servido de principal argumento a las instancias internacionales para reconocer el gobierno venezolano como democrático y legítimo, con lo cual hemos aprendido en carne propia que puede haber democracias sin demócratas.
Cambiamos una forma de democracia, la representativa, por otra, la participativa, pero el régimen no permite otra participación que la que ellos autoricen, de entre la gente que está en el partido o en sus redes clientelares, eliminando una de las condiciones necesarias para la participación democrática que es la autonomía.
Permitimos que la burocracia tomara control del gobierno y del estado, dejando fuera de las decisiones a los ciudadanos, corporativizando la justicia.
Permitimos que la burocracia controlara y disolviera las instituciones; que estableciera un mecanismo de propaganda y otro de censura que mermaran la capacidad de acción de los ciudadanos; que convirtiera los programas de asistencia social en programas de fidelización política, transformando al ciudadano en cliente, generando nuevas formas de exclusión política.
Permitimos que la nueva burocracia siguiera haciendo el mismo populismo de siempre, pero a una escala mayor.
Permitimos que la burocracia estableciera redes continentales, para apoyarse con otras, en nombre de un socialismo que, aun siendo denominado como Socialismo del Siglo XXI, no ha sido más que un socialismo nacional de tipo burocrático, como el soviético o el cubano.
Permitimos, en suma, que el régimen atentara contra los vínculos que constituyen no la democracia, la República, que es expresión de nuestra voluntad de crecer y convivir, juntos, en un mismo país.
Frente a este estado de cosas, debemos respondernos si veinticinco años no son tiempo suficiente para alcanzar un acuerdo en torno al futuro que queremos para todos, así como las dinámicas de cambio que debemos seguir para alcanzar ese futuro

Frente a este estado de cosas, debemos respondernos si veinticinco años no son tiempo suficiente para alcanzar un acuerdo en torno al futuro que queremos para todos, así como las dinámicas de cambio que debemos seguir para alcanzar ese futuro.
Y si es que estamos de acuerdo en que este es el tiempo para alcanzar ese acuerdo, ¿cómo lo hacemos?
La primera cosa que debemos lograr es entender que quienes atentan contra la República lo han hecho en función de sus propios intereses, secuestrando los derechos de todos los ciudadanos, con lo cual han constituido una tiranía.
Una vez producido este entendimiento, los bandos excluidos deben poder dialogar para establecer acuerdos en torno a un proyecto país socialmente consensuado. Un móvil para este diálogo es la solidaridad, un espacio para significar esta solidaridad es la unidad de la República.
Esta solidaridad debe llevarnos a respetar y a restituir los espacios de autonomía, constituyendo redes de deliberación pública en torno a acuerdos programáticos, deslindadas de los intereses de la burocracia, capaces de combinar la protesta social con los actos de gobierno de aquellas partes del estado que aun mantienen su autonomía: las gobernaciones y alcaldías regidas por aquellos que se deslinden de la burocracia. Otro tanto puede y debe ocurrir en la Asamblea Nacional.
Cuando las autonomías se agreguen en una mayoría solidaria en red, cuando política institucional y política social se articulen se podrá hablar legítimamente de paz, sobre la base de una agenda y no solamente para las cámaras. Se podrá construir la paz.
Quizás sí está llegando la hora del deslinde y de la unión, la hora en que los bandos se cierran por un futuro común. El lado correcto de la historia no es el de un bando sino el nuestro, el de todos nosotros.


Los estudiantes son nuevamente la vanguardia de los cambios, haciendo presión sobre la historia. Por estos días todos debemos ser un poco estudiantes, respetuosos del deseo que encarnan y solidarios con su causa que es la nuestra: la del futuro, que en hora de sombras no se ve y que hay que inventar para que desde nuestras mentes sea capaz de iluminarnos. Foto de Laureano Márquez, (@laureanomar)

viernes, 14 de febrero de 2014

Fascismo de clóset


 
QUIENES ESTUDIAMOS en la Universidad Central de Venezuela en los 90, seguramente la habremos visto, negros cabellos largos, rasgos indígenas, infatigables bluejeans y blusa blanca, en alguna de las escenas cotidianas del campus; prodigándole ternuras a los perros realengos, o en algún concierto en el Aula Magna, o escuchando a los cuentacuentos hilar historias, o colada como escucha en alguna clase de la escuela de letras. Algunos incluso capaz y cruzamos algunas palabras con ella y con suerte recibimos la flor de una sonrisa, escasa y valiosa como generoso de insultos podía ser su delirio, lleno de persecuciones y sombras que denunciaba a gritos, a veces hasta el desmayo: “¡fachos!, ¡fachos todos!”
Esa era Clara Daza, la loca Clara. Su recuerdo se me ha vuelto nítido en estos días, cuando tirios y troyanos se acusan de ser fascistas. Un historiador amigo mío hacía, hace poco, público regaño por el uso y abuso que las partes hacen del término, convirtiéndolo en insulto político, diciendo, palabras más, palabras menos, que 1) dedicarlo como insulto general (por repetido) logra que uno deje de saber la diferencia entre lo que es y lo que no es (“es bien probable que una calificación que sirve para tanto no sirva para nada”); y 2) que antes que fascismo, como cosa propia de los venezolanos está “la vocación de arrodillarse ante el mandón”.  Y he aquí el problema: según sea la definición que manejemos, en Venezuela hay trazas más o menos recurrentes de pensamiento fascista, tanto en la política como en otros órdenes de la vida nacional, o por el contrario, no lo ha habido nunca, ni siquiera en este presente tan ominoso que tenemos.
Si entendemos al fascismo solo como la ideología mussoliniana, no lucirán fascistoides los populismos de diverso signo, pero si manejamos la definición que Umberto Eco expone en el Ur Fascismo que “el fascismo era un totalitarismo difuso (…) el término fascismo se adapta a todo porque es posible eliminar de un régimen fascista uno o más aspectos, y siempre podremos reconocerlo como fascista”; y anotamos los rasgos de éste que el semiólogo italiano identifica: culto a la tradición, rechazo del modernismo, culto de la acción por la acción, rechazo del pensamiento crítico, miedo a la diferencia, Llamamiento a las clases medias frustradas, Nacionalismo y xenofobia; obsesión por el complot; envidia y miedo al “enemigo”; principio de guerra permanente, antipacifismo; elitismo, desprecio por los débiles; heroísmo, culto a la muerte; transferencia de la voluntad de poder a cuestiones sexuales; machismo, odio al sexo no conformista; transferencia del sexo al juego de las armas; oposición a los podridos gobiernos parlamentarios;  neolengua… Pues, posiblemente los populismos, los burocratismos arcaizantes, los nacionalismos de diverso cuño (incluidos los socialismos nacionales),  los comunalismos de base puritana, los despotismos ilustrados, las tecnocracias, las democracias delegativas, los monopolios institucionales, tengan más que un tufo de fascismo.
Y si entendemos al fascismo solo como un orden político, no veremos que, mutado como un gen social, como una escala de valores y como una lógica con la cual construimos nuestra relación con el otro, existe un fascismo social producido por tanta democracia instrumental, al que Boaventura de Sousa Santos describe como uno que “en lugar de sacrificar la democracia a las exigencias del capitalismo, trivializa la democracia hasta el punto que ya resulta innecesario, ni siquiera conveniente, sacrificar la democracia a fin de promocionar el capitalismo. Se trata de un tipo de fascismo pluralista producido por la sociedad en lugar del Estado. El Estado es aquí un testigo complaciente, cuando no un culpable activo. Estamos entrando en un período en el que los Estados democráticos coexisten con las sociedades fascistas. Es por tanto un fascismo que nunca había existido.” Y pese a la novedad, Boaventura identifica cuatro tipos de este tipo de fascismo: apartheid social; fascismo contractual que “se da en las situaciones en las que la discrepancia de poder entre las partes en el contrato civil es tal que la parte más débil, presentada como más vulnerable por no tener ninguna alternativa, acepta las condiciones impuestas por la parte más fuerte, por muy costosas y despóticas que sean”; el fascismo de la inseguridad, que “consiste en la manipulación discrecional del sentido de la inseguridad de las personas y grupos sociales vulnerables debido a la precariedad del trabajo o a causa de accidentes o eventos desestabilizadores. Esto desemboca en ansiedad crónica e incertidumbre frente al presente y el futuro para gran número de personas, quienes de esta manera reducen radicalmente sus expectativas y se muestren dispuestos a soportar enormes cargas para conseguir reducciones mínimos de riesgo e inseguridad”; y el fascismo financiero que es “el que controla los mercados financieros y su economía de casino. Es el más pluralista en el sentido que los flujos de capital son el resultado de las decisiones de inversores individuales o institucionales esparcidos por todo el mundo y que no tienen nada en común salvo el deseo de maximizar sus activos. Precisamente porque es el más pluralista, es también la clase de fascismo más cruel, puesto que su espacio - tiempo es el más adverso a cualquier clase de intervención y deliberación democrático. La crueldad del fascismo financiero consiste en que se ha convertido en el modelo y el criterio operativo de las instituciones de regulación global: las agencias de calificación, el FMI, los bancos centrales”.
Si es posible que haya fascismo político aceptado por las democracias de todo el orbe, ello son malas noticias para la democracia; peor aún si es posible que haya sociedades fascistas, pues son pésimas para la noción moderna de humanidad. Lo que nos va señalando dos cosas. 1) Que en nuestra sociedad y en nuestro proyecto nacional, ha habido más fascismo del que reconocemos y 2) nuestro caso es un espejo donde otros países deberían verse y si no lo hacen, es posible que no lo puedan porque no hemos contado bien nuestro relato, porque hemos hecho abstracción de que las racionalidades asumidas tienen rasgos
comunes allende o aquende los países y hemos vuelto la lectura de nuestro conflicto político algo técnico que se explica con razones reductivas, pero que no se comprende como herencia entre generaciones, porque no sabemos, o no conviene que lo sepamos.
Mañana marcha el oficialismo convocado contra el fascismo, como si el único fascismo posible es el que ellos dicen que existe: el de una hipotética derecha que -ellos señalan- es la del capital. Y decimos hipotética porque la auténtica derecha de este país, la que tiene poder de fuego y capital es la denominada derecha endógena, que ellos cargan como contrabando, en el ala militar del proceso;  que se nutrió del nasserismo y de otros nacionalismos desarrollistas y comparte con el bando castrista del proceso intereses y objetivos. Ya desde 1994 (¡hace veinte años!) se veía como iba a ser la cosa y así lo escribí para el periódico El Capital,texto que ahora comparto.
No puedo, sin embargo, dejar de reconocer que mucho del sentimiento que anima las protestas opositoras en estos días, se ancla en los “valores” de común intercambio en el fascismo social que hemos gestado no como sociedad, sino como una vasta agregación de anomias. Y me aterra la visión de encontrar tanta banalización del mal que pide soluciones rápidas, que hace apelaciones al voluntarismo y que está más dispuesta a construir épicas con la sangre de un bando que solidaridades con las necesidades de toda la gente.
Los muchachos tienen, nuevamente, la razón histórica de su lado, pero es hora de hacer mucho más que arriesgar el pellejo. Hay que abrir las solidaridades con todos. Con los trabajadores que reclaman respeto a su derecho a construir hogares, a sacar adelante a sus familias y a construir un futuro para sus comunidades, con el trabajo que los fascistas en el gobierno ponen cada día más en riesgo. Con las madres que día tras día, cada vez más, reclaman  a los fascistas del gobierno la doble moral de llamar a los malandros (buenandros, llego a decir aquél) “compañeros” y de emplearlos como comisarios políticos que ejercen terrorismo de estado. Con los empleados públicos a los que no les quedó otra alternativa que emplearse en la administración pública y tener que enfundarse la camisa roja, tener que marchar y votar a juro, para poder mantener sus hogares. Con todos aquellos que se fueron quedando por fuera del sistema escolar y ya no creen que con la educación se pueda ser alguien en la vida. Con todos ellos y con muchos más, hay que construir la solidaridad, acompañarlos en la calle y en sus comunidades, para cerrar las brechas impuestas desde nuestro fascismo de clóset, para disolver de la memoria del aire las palabras del delirio de Clara. 
La foto no pasa de ser una coincidencia en gestos, pero en el blog de dondee la tomé prestada hay una reflexión pertinente: http://poliocio.blogspot.com/2013/03/es-el-chavismo-un-fascismo-encubierto.html

viernes, 6 de diciembre de 2013

Voto de fe


Foto de Luis Carlos Díaz
Debo una aclaratoria a los lectores sobre este texto; debo muchas cosas, ciertamente, y pido disculpas por ello, pero comenzaré por la última, el porqué de estas líneas.
Este texto es una artículo que debía haber salido publicado en otra parte y que no lo fue por decisión del editor del medio. La razón que se me dio para no publicarlo fue que como la campaña electoral terminaba el jueves 05 (debía haber salido publicado hoy viernes), y dado que el texto se inclinaba por una de las polaridades en la pugna política nacional, podía ser considerado propaganda política, por tanto el editor se reservaba el derecho a decidir su publicación o no...

Prudencia, podría decirse. Autocensura, también podría argumentarse. Se escuchan otras opciones. 

Tengo casi 25 años produciendo trabajos periodísticos para diversos medios. No es la primera vez que dejan de publicar un texto mío, pero sí la primera con este tipo de argumentos En otras oportunidades hubo edición, acuerdos estilísticos, enfoques tratando de favorecer los términos políticamente correctos (el periodismo es el reino de lo políticamente correcto, y de los estereotipos, y muy a su despecho, caja de resonancia de la neolengua), pero esta es la primera vez que se estima que lo que digo es inconveniente y que por tanto no se publicará.

Es una sensación muy extraña, lo confieso. 

Yo crecí repitiendo como un mantra una frase de Vicente Huidobro: "si yo no hablo quedarán muchas cosas no natas y esas cosas me castigarán cruelmente, se vengarán de mi". Soy malo guardando secretos y un poco peor guardando para mí mis propias opiniones, porque vivo en la ilusión de que lo que digo pudiera ser importante para alguien, además de mi. Supongo que si esa ilusión no fuera compartida por otros ("mal de muchos consuelo de tontos") yo no lo hiciera, porque tampoco soy un pionero o un suicida: todavía tengo sentido del ridículo. Rebajando el arco de las valoraciones, diría que he escrito en ejercicio de los credos de mi profesión, siendole fiel a mi identidad de ciudadano, ideas que profeso, en mi doble condición de profesional y profesor. 
Hoy me tocó mostrarle a mis alumnos una pieza que ilustró perfectamente "aquello de lo que estábamos hablando en la clase pasada" Ahora lo comparto con ustedes, en este espacio de libertad que es necesario multiplicar.

"Ejercicio de la neolengua que pone una vez más en escena la colonización del imaginario político venezolano, donde parece obvio que la lealtad está reñida con la libertad de conciencia". 

UN VIEJO ARDID propagandístico lo constituye el poner a competir dos o más significados en un mismo espacio simbólico buscando beneficio por dos vías: la de los máximos (que uno solo tenga supremacía) o la de los mínimos (contribuir con la confusión general). Algo de eso hay en la decisión, largo rato anunciada, del oficialismo, de resignificar la agenda del ocho de diciembre, ya no como un día de compromiso ciudadano, republicano y democrático, sino como el día de la lealtad a Chávez, en recuerdo de que hace un año, por esa misma fecha, fue su última aparición pública, la de la investidura de Nicolás Maduro como su sucesor, no tanto su albacea, por cómo han ido las cosas con el capital político.

Ejercicio de la neolengua que pone una vez más en escena la colonización del imaginario político venezolano, donde parece obvio que la lealtad está reñida con la libertad de conciencia.  El 8D, desde el tarjetón electrónico, los ojos del otro beta mirarán al elector mientras ejerce, lo interpelarán desde la órbita esquematizada del dibujo repetido hasta el cansancio, en blanco y negro o con el infaltable fondo rojo,  invadirán su subjetividad con la sensación de que detrás de la imagen, omnipresente en afiches, volantes, cuñas de televisión, muros, grafitis y ahora desde el recinto mismo de votación, estará Chávez Big Brother vigilando, velando por la rectitud de intenciones de los fieles, porque uno a uno se sumen los votos del rebaño  gracias a una disposición de gobierno que el Consejo Nacional Electoral declinó limitar, pues  "el decreto es una potestad del Ejecutivo, está muy claro que dice que es para conmemorar una fecha y no una fecha de la elección", dijo, luciéndose, Lucena.

Claro, el día de la lealtad a Chávez, quien ose votar en ejercicio de su libertad de conciencia por cualquiera de las opciones del tarjetón que no sean las del PSUV, estará votando contra él, que para el credo del socialismo del siglo XXI, es peor pecado que blasfemar, prevaricar, o cobrar por los sacramentos, esa simonía en la que podrían incurrir algunos adeptos del Comandante cuando interceden ante la gracia del cupo del carro chino, el pasaporte o la cola en las rebajas de la navidad decretada hace casi un mes. Votar contra Chávez es una herejía que niega la divinidad del César y que merece la muerte –real o simbólica- porque como él mismo dijo, “yo no soy, yo soy un pueblo, invicto, invencible…”

Es lógico que el poder electoral no tenga nada que oponerle a esta patria celebración porque la misma no constituye una elección: quizás no se les cruzó por la mente que eso podía constituir un acto de ventajismo electoral (porque eso sería suponer que el gobierno obra de mala fe, ¿verdad Lucena?), tal vez no le preguntaron a nadie y es posible que las únicas opciones para el elector, en ese día, es que pueda ir a votar convencido, o con un pañuelo en la nariz o con los ojos cerrados, como ensayando para un apagón.  Pero ir, votar, elegir.

Así, mientras el chavismo busca el modo de elevar a los altares a su progenitor, transformando una simple y hasta vulgar elección de alcaldes y concejales en la gesta de vencer a la muerte, resucitando de entre los muertos (por lo menos, vicariamente), habrá quien vaya a misa temprano y ofrezca su voto a la inmaculada concepción de María, fiesta católica por excelencia, con lo cual contribuirá a estetizar la política pero desde las antípodas de la neolengua oficialista, ahora, desde la convicción de estar emprendiendo una cruzada contra el oscurantismo y por amor a la verdadera fe. No habría problema si la fe se pudiera discutir libremente, pero entonces ya sería política.

miércoles, 12 de junio de 2013

Un largo ciclo



HAY RECUERDOS que piden que los pensemos con claridad. Quienes vivimos la huelga universitaria de 1988 –la huelga de los cuatro meses- quizás se nos hace imposible deslindar, con justicia, el recuerdo de entonces con la realidad presente del conflicto universitario, porque si bien hay aspectos  comunes, las circunstancias son bien diferentes. A mí en lo particular se me disparó el recuerdo desde el viernes pasado, después de la consulta donde una vez ganada la opción sí, la Universidad Central se sumó al conflicto que reúne 13 universidades autónomas en todo el país. Ese viernes, una marcha no muy nutrida pero sí muy animada, salió por Plaza Venezuela, rodeada a la distancia por funcionarios de inteligencia encubiertos y en moto, dispuestos a fotografiar a los manifestantes  para sus informes. Y viéndola regresé en el tiempo a mis 18 años, en la casa que vence las sombras.

Este país de coyunturas ha vuelto a colocar a la Universidad de cara al dilema entre lo histórico y lo político, entre el proyecto nacional y la reivindicación laboral, ahora, con el conflicto presente que actualiza situaciones viejas, para bien o para mal del país y de ella misma
Ese año, las universidades autónomas reclamaban el retraso en el cumplimiento de las normas de homologación, suerte de indexación salarial por la cual, los profesores recibirían incrementos de salarios conforme aumentara la inflación. Se planteó el conflicto intergremial: estudiantes, empleados y obreros apoyaron la petición porque se le sumaron las propias peticiones de cada sector, y porque privó la idea de que el beneficio de la universidad era el beneficio del país. Se hicieron marchas, pancartas, clases magistrales en la calle, se hicieron colectas. Un Simón Alberto Consalvi más permisivo como ministro del Interior que su muy deplorado antecesor, José Ángel Ciliberto, dejó hacer a los universitarios sus protestas. Pasaron cuatro meses, el conflicto se extinguió de mengua, y aquellos universitarios que iban a hacer la Revolución (porque esa era la idea largamente vendida por los activistas de entonces, ministros ahora: que el conflicto era parte de la larga fase previa de construir las condiciones para la emergencia de un proceso revolucionario en Venezuela), terminaron aceptando un pírrico 10% de aumento salarial para los profesores, y un incremento proporcional para empleados y becas estudiantiles; le valió a Luis Fuenmayor Toro, voz tonante de la huelga en la UCV, los puntos para lanzarse y ganar el derecho a sentarse en la silla del Dr. Vargas y al Movimiento 80 prácticamente una década de hegemonía estudiantil… Pero muchos de los de la base nos decepcionamos, no solo de las mitologías de esa izquierda burocrática, sino acaso también, como muchos otros venezolanos de esa década, esa “generación boba” a la que aludió siempre el rector de entonces, psiquiatra, hoy psicópata, Edmundo Chirinos,  de la política como oficio.

Recuerdo que el día en que reiniciamos las clases, Isabela Track, mi querida profesora de Castellano y Taller de Redacción, nos entregó fotocopiado un texto de Jorge Luis Borges Leyenda, con el cual proponía darle cierre al episodio en nuestras conciencias, sobre todo con las frases del final: “ahora sé que me has perdonado, porque olvidar es perdonar, yo trataré de olvidar también”. “Así es, mientras dura el remordimiento dura la culpa”. Si lo recuerdo, ahora, no es por fallarle a este luminoso ejercicio de la buena voluntad, sino para poder articular una comprensión de lo que ocurre ahora con las universidades, desde esa huelga que significó un parteaguas en mi historia personal.

La decepción de la huelga me sirvió para entender que hay un punto en el que los procesos históricos y las acciones políticas se unen, y es en la conciencia histórica del liderazgo. Ni burócratas ni tecnócratas son capaces de tener la mirada panorámica del historiador, ni la capacidad de articular voluntades y razones diversas en la acción del Estado que tiene el estadista. Nuestras universidades forman historiadores, que pueden ser intelectuales clérigos u orgánicos (habría que saber qué clase de intelectual es el actual ministro de Educación Universitaria, el historiador Pedro Calzadilla), pero muy pocos estadistas, no por falta de conocimiento o voluntad, sino por la sostenida desconexión entre la academia y la clase política. ¿Y cuándo se produjo esta desconexión? Para decirlo con justicia habría que recurrir a la historia. Valga a modo de hipótesis que, quizás en la subversión armada de la década de 1960 brotaron las raíces, en las diferencias críticas (y de praxis) con el proyecto nacional; que posiblemente se profundizaron con el movimiento de renovación universitaria y posterior cierre y “metida en cintura” de las universidades autónomas con la Ley de Universidades de 1970 y la creación del Consejo Nacional de Universidades. Que se hicieron más evidentes cuando la universidad centró su sistema de disciplinas y facultades en la formación profesional, pero que posiblemente, se consolidó cuando las instituciones abandonaron la observancia del proyecto nacional, adoptando  una agenda reivindicacionista representada por las normas de homologación que, ahora pienso, hipotecaron la autonomía.

Esa fue –es mi criterio- una inflexión peligrosa que sacrificó en nombre de la auctoritas, la congruencia que la universidad le debe a la sociedad de dónde surge. Por las normas de homologación la universidad sucumbe ante la razón de Estado: los profesores dejan de considerarse primordialmente como intelectuales,  para pasar a concebirse como empleados académicos de la administración pública; la burocracia universitaria copia los males del clientelismo y se convierte en un pequeño Estado que administra una renta (el presupuesto), que puede ser tolerado en tanto haya un sistema de autonomías, pero que en el momento en que el proceso político cambia de la cooptación a la hegemonía, a la hora del socialismo burocrático, puesto que el pensamiento único no permite ni disidencias ni redundancias,  la Universidad pasa de ser el recinto que salvaguarda las utopías (y las mitologías) y sede corporativa de los intelectuales revolucionarios, a ser un obstáculo que debe ser eliminado.

Pero la desconexión también fue de la clase política que antes que el estadista prefirió al estudiante profesional, al eterno repitiente, para entrenarlo primero como operador político en la universidad, luego en el partido: el militante perfecto que no reclama autonomía, que se burocratiza fácilmente, que reconoce a sus líderes y los sirve de modo obsecuente, que se ciñe a la disciplina partidista, pero a la vez macolla, intriga y atiende el negocio clientelar con el elector. ¿Un Heliodoro Quintero? ¿Un Kevin Ávila? Esos son apenas dos ejemplos, sórdidos y recientes, de  una lista que se extiende en el tiempo.  Y la desconexión también fue del empresariado que prefirió medrar en la renta petrolera antes que arriesgarse a innovar y competir; de los medios de comunicación social que en nombre de la prominencia de cargo escucharon siempre más la voz mandante que la voz ilustrada y consolidaron con sus agendas un encuadre social estereotipado en vez de apostar por un sentido común construido entre todos; y de los gremios profesionales que olvidaron que comparten con los profesores la misma raíz etimológica y por consecuencia, cierto sentido de la vida, ya que profesional y profesor vienen de profesar, que según la Real Academia de la Lengua significa: “ejercer una ciencia, un arte, un oficio, etc.; enseñar una ciencia o un arte; ejercer algo con inclinación voluntaria y continuación en ello (profesar amistad, el mahometismo); creer, confesar (profesar un principio, una doctrina, una religión); sentir algún afecto, inclinación o interés, y perseverar voluntariamente en ellos (profesar cariño, odio); en una orden religiosa, obligarse a cumplir los votos propios de su instituto”.

Desconectadas entonces de las fuerzas vivas del país, aunque no de los ciudadanos, de las familias, de las generaciones que hacen vida y constituyen  la sociedad venezolana, hay que decir que ha sido una auténtica prueba de resistencia la que el proceso le ha planteado a las universidades, cercándolas de las formas más diversas, para “transformarlas” en espacios para la aquiescencia. No lo han logrado, hasta ahora, completamente,  ni con las autónomas ni con las privadas. Pero este país de coyunturas ha vuelto a colocar a la Universidad de cara al dilema entre lo histórico y lo político, entre el proyecto nacional y la reivindicación laboral, ahora, con el conflicto presente que actualiza situaciones viejas, para bien o para mal del país y de ella misma.

Lo que comenzó como un conflicto nacional de reivindicaciones básicas, enfocado en la necesidad de un presupuesto justo que además de dotar de insumos a la institución para su funcionamiento, contemple la actualización del tabulador salarial (que no ha recibido aumento alguno desde 2008),  ha sido escalado por el empleador al convocar las discusiones a partir de la Convención Colectiva Única de los Trabajadoresde las Educación Universitaria, introducida por Fenasinpres, Fetrauve, Fenastrauv, Fenasoesv, Fetrasuv, gremios de reciente creación, de orientación oficialista. Fapuv, Fapicuv y Fenatesv, que son los gremios históricos del sector universitario no fueron llamados a la discusión de la convención, entre otras razones, porque son los convocantes del paro nacional y porque sostienen que la discusión debe realizarse respetando las normas de homologación, con lo cual, el incremento salarial sería de mucho más que el 180% que plantea la Convención.

Pero el escalamiento del conflicto está en lo que podría calificarse, en términos morales, como un acto de cinismo. La Convención ofrece pingües beneficios de improbable cancelación, en el lapso de 90 días que se establece para la organización de los procedimientos administrativos, pero incorpora por mampuesto, tres conceptos de la Ley de Educación Universitaria que quedó sin efecto por devolución presidencial en 2011, y que pueden apreciarse en las cláusulas 5, 6 y 96. Así se lee (los subrayados son míos):

Cláusula 5. Democracia participativa y protagónica universitaria.
El empleador acuerda implementar los mecanismos que permitan el derecho al voto a los trabajadores universitarios en igualdad de condiciones, para la elección de las distintas autoridades universitarias. Asimismo, el empleador se obliga a reconocer y garantizar la representación de los trabajadores universitarios en los organismos de cogobierno y dirección de las instituciones de educación universitaria. Esto en cumplimiento de los principios constitucionales de participación como derecho fundamental que debe sustentar el estado venezolano y en lo establecido por la Ley Orgánica de Educación. Además, cualquier trabajador universitario con formación profesional que cumpla con el perfil podrá optar a integrar los organismos de dirección de las instituciones de educación universitaria a excepción de las dependencias estrictamente académicas que por su naturaleza deban ser ocupadas por un docente.

PARÁGRAFO ÚNICO: Los representantes de cada sector de los trabajadores universitarios en los organismos de cogobierno universitario tendrán voz y voto en la toma de decisiones y en igualdad de condiciones que los demás miembros y serán elegidos por votación directa y secreta.

Cláusula 6. Desarrollo de Valores humanos socialistas
El empleador y las federaciones convienen en aunar esfuerzos para promover y sensibilizar a los trabajadores universitarios  en la toma de conciencia  y desarrollo  de los valores  humanos que constituyen el poder moral en estas instituciones de educación universitaria. El empleador y las federaciones  se comprometen a poner en práctica actividades de divulgación de los valores  humanos universales e institucionales, de los principios de la justicia social, ética, superación, austeridad, probidad y excelencia, valores morales y ética socialista, en pro de la consolidación y desarrollo del proceso educativo en las instituciones de educación universitaria oficiales y en su praxis de trabajo diario, de acuerdo a lo enmarcado en el Plan de Desarrollo Económico y Social de la Nación 2013-2019.

PARÁGRAFO ÚNICO: El empleador fortalecerá y concederá los recursos económicos necesarios para que los trabajadores universitarios intervengan en eventos e intercambios estadales, nacionales e internacionales. De igual manera, realizará los convenios  con instituciones de educación en valores humanos para planificar y ejecutar estrategias que contribuyan a la formación del ser humano nuevo y del trabajador universitario que requieren las instituciones de educación universitaria.

Cláusula 96. La cátedra como unidad académica.
El empleador conviene en reconocer que la libertad de cátedra debe ser ejercida por los miembros del personal docente, de Investigación y Extensión de las instituciones de educación universitaria con espíritu creador, vocación de servicio y sin más limitaciones que las legales y reglamentarias. En este sentido conservarán completa independencia en la realización de los trabajos que adelantan, No obstante, los programas de las asignaturas, las evaluaciones y los planes de Investigación, Extensión y Producción deberán ser sometidos a las orientaciones trazadas por los respectivos departamentos académicos y a las establecidas por los organismos de coordinación y dirección de las instituciones de educación universitaria, en concordancia con el contenido de la cláusula 6 de la presente Convención Colectiva Única.

Estos tres conceptos convierten a la negociación de una convención colectiva en la transformación universitaria: el voto paritario, la orientación socialista de la formación impartida y la sujeción de la libertad de cátedra a la (re) orientación, y que acaso se conviertan en puntos no negociables de la Convención. ¿Y a este chantaje, los gremios de la universidad no piensan oponerle otra cosa que su reclamo salarial? ¿Lo no negociable, en caso de negociar, son las normas de homologación?

Esa actitud justificaría, por sí sola, el paro de universidades, pero la opinión pública no lo entiende a cabalidad, porque hasta ahora la protesta se ha centrado en la injusticia de los presupuestos y en los salarios de hambre de los profesores, cualquiera sea su puesto en el escalafón. Y caben las preguntas, en la hora: ¿por qué no ha trascendido el proyecto de Convención Colectiva Unificada? ¿Qué pueden proponer las universidades como alternativa para esta escalada? ¿Cómo construir la solidaridad en el conflicto laboral con otros sectores del país tan o más afectados que las universidades, como los maestros, los trabajadores de las empresas básicas, los empleados de la administración pública, por citar algunos?

Es verdad que la historia no se repite, pero también es cierto que cumple ciclos, y si esta huelga se parece a la de 1988, debe ser porque hay una lección histórica qué aprender, y posiblemente sea la de que es indispensable, para avanzar, que la Universidad vuelva a estar alineada con el proyecto nacional, a la altura en que la fase siguiente lo demanda. Para eso son las coyunturas, para avanzar. 

Desde las universidades privadas, los profesores no podemos menos que estar solidarios con la lucha de las universidades autónomas. Ya vendrán pronunciamientos y acciones porque el país entienda que la Universidad sigue siendo, pese a todo, un lugar para construir futuro. La foto es de la página en Facebook de Venezuela en positivo